viernes, 1 de mayo de 2026

El malestar en la cultura: tecnología, individualismo y la falsa antinomia política

 


El impacto tecnológico y el aislamiento voluntario

Al desarrollo industrial se le adjudicó la desadaptación del ser humano. Este tema quedó plasmado en varios pensadores de la época; la mayoría de ellos lo atribuyeron al desacomodo de las personas frente al cambio social originado por el desarrollo y la urbanización. Mucho se ha escrito sobre ello desde principios del siglo pasado.

 

Hoy vemos cómo se intenta identificar el momento histórico a través de distintos calificativos como transmodernidad, posmodernidad, etc. Detrás de estos nombres se desarrollan diversas teorías sobre lo que está sucediendo. La mayoría de ellas describen la realidad como una consecuencia del impacto tecnológico en la humanidad. Es innegable que la tecnología ha modificado los hábitos de las personas. Si miramos hacia atrás en el último siglo, vemos que el mayor impacto recién comenzó a fines del siglo XX, es decir, solo hace veinte o treinta años, principalmente a consecuencia de los móviles y la instantaneidad informativa. Si bien esto brindó una mayor comunicación interpersonal (celulares) e información, también promovió el aislamiento de las personas entre sí.

 

Esta cuestión ha sido debatida constantemente en los últimos años. Quienes no la perciben de manera crítica están a merced de la manipulación mediática. Esto los lleva a implementar lo que se llamó el "aislamiento voluntario", uno de los métodos que el individuo emplea para protegerse del sufrimiento que proviene de las relaciones humanas. Esto se manifiesta en la retirada del lazo social, generando aislamiento, con la consecuencia de uno de los mayores síntomas de nuestro tiempo: la depresión.


 

La perspectiva freudiana: malestar y civilización

 La psicología freudiana sostiene que existe un antagonismo irreconciliable entre lo que el individuo desea y lo que la sociedad le permite. Podemos decir que este es un diagnóstico acertado de los males de nuestro tiempo. Todo el mundo señala que las exigencias del mundo social no tienen límites, y que por esas exigencias muchas personas se sacrifican por objetivos que nunca lograrán.

 

De hecho, el capítulo 3 de *El malestar en la cultura* identifica tres fuentes del sufrimiento humano: la superioridad de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y, crucialmente, nuestra relación con los otros. Esta última es la más dolorosa porque es la que creemos poder controlar y, sin embargo, nos causa la mayor decepción. Sucede que las instituciones que creamos para regularla acaban siendo fuente de sufrimiento. Pensado de esta manera, se forjó la creencia de que el desacomodo sucede por la sustitución del poder del individuo por el de la comunidad. Visto así, la fuente del malestar sería la pérdida de autonomía. Esto se utiliza hoy para sustentar políticamente lo individual por encima de lo colectivo, planteando así la antinomia errada entre "colectivismo socialista" y "sociedad liberal".

 

S. Freud señala que el problema es tan antiguo como la ética misma: el ser humano se enfrenta a la paradoja de que el mismo artificio que creó para alcanzar el bienestar —la civilización— es la mayor causa de su infelicidad. Nunca llega a sentirse totalmente integrado a la cultura. Esto exige a los seres humanos la renuncia a la satisfacción inmediata de sus pulsiones más primarias, especialmente las sexuales y las agresivas. Esta represión no es superficial; se interioriza y da origen a un sentimiento de culpa por no cumplir con las exigencias. Esto se convierte en la fuente principal del malestar psicológico que caracteriza al hombre civilizado.

 

Planteado así, para Freud el malestar no es un hecho individual aislado, sino que nace en y por la relación con los otros. Las alternativas que se plantean no son consideradas como una solución definitiva. En *El malestar en la cultura*, el autor aborda medidas paliativas que los seres humanos utilizan para soportar el sufrimiento. Sin embargo, el texto también sugiere —en referencia a una de esas medidas— que el intento de escapar por completo de la cultura no es una opción viable. No se puede volver a un estado primitivo. Al respecto, señala que la vida en comunidad, incluso en sus formas más simples, ya impone restricciones a los instintos, como lo demuestran las prohibiciones (tabúes) existentes en las sociedades primitivas. En síntesis, S. Freud no ofrece una solución definitiva para eliminar el malestar, sino que presenta un conjunto de estrategias que las personas utilizan para hacerlo más soportable.

 


"El Estado de naturaleza": un mundo sin límites ni propiedad

Este sistema social viene de lejos, como ya lo hemos señalado. Luego de la Edad Media, Inglaterra se constituyó como referente de la industrialización, que fue tomada como ejemplo en la mayoría de los países latinoamericanos. En los centros culturales se citaba al creador del *Leviatán* por ser la obra que estableció normas para controlar los apetitos sin límites de las personas sobre los bienes. Así nace el pacto social, que desde entonces realizan los dueños de los bienes en beneficio propio y el de sus asociados.

 

Los cánones académicos no se forman en un vacío neutral. Reflejaron y reflejan los valores que constituyeron el poder de una época. Las universidades, los sistemas editoriales, las revistas académicas y las cátedras han estado históricamente dominadas por las élites culturales y económicas. Privilegian a los autores que legitiman el orden establecido por sobre aquellos que lo desafían radicalmente.

 

Hace muchos años, un pensador inglés, Hobbes —que aún se enseña en nuestras universidades sin explicar las consecuencias de ese pensamiento— dijo que el hombre es malo por naturaleza y que había que ponerle un límite. Ese límite se llamó "Leviatán": un pacto social para ponerlo al servicio no de un desarrollo social determinado, sino de un sistema que dio lugar a su expansión por toda Europa y, consecuentemente, a la explotación de las regiones colonizadas.

 

Para Hobbes, la esencia del ser humano está gobernada por sus pasiones y apetitos, siendo el más poderoso de todos un "apetito incontrolable por poseer los bienes". En un mundo sin un poder común que lo limite, viviríamos en el llamado "estado de naturaleza", que Hobbes describe como una "guerra de todos contra todos", en donde el estado es de todos. Como no existen leyes ni un gobierno que las imponga, cada persona tiene un "derecho a todo" para asegurar su supervivencia. Esto significa que no hay una idea de "lo mío" y "lo tuyo". No existe la propiedad privada. Debe haber un poder que garantice los acuerdos; la propiedad privada no puede existir sin ese poder. Cualquier bien que alguien posea puede ser tomado por otro más fuerte en cualquier momento. Todo esto fue la justificación de la creación de un orden establecido que sobrevive hasta el presente.

 


La falsa antinomia entre liberales y estatistas

En la actualidad, lo que hay por detrás es la lucha por el control del Estado. Esto ha llevado a una pelea entre estatistas y no estatistas. Se ha sembrado la idea de que la construcción del Estado limita las libertades de las personas, planteando así la falsa antinomia en la que a los estatistas se los identifica con denominaciones como marxistas, colectivistas, comunistas, izquierdistas, etc.

 

Si nos fijamos en las personas que nos rodean, muchas de ellas se declaran liberales porque interpretan que las normas que impone un Estado son límites que impiden el desenvolvimiento personal y comercial de las personas. Pero más allá de su identificación política infundada, lo importante a señalar es que estas personas generalmente comprenden muy bien las normas que rigen a un grupo social, las respetan y adhieren a ellas. Se desenvuelven en las normas sociales teniendo un reconocimiento de sus pares que les permite un buen desempeño en las tareas que comparten con el medio. Esto apunta a que el enfrentamiento entre liberales y "estatistas" es ficticio. Lo que hay por detrás es una lucha por quién controla el Estado en favor de quién. La verdadera antinomia es entre la comunidad y los grandes grupos de poder económico que pretenden monopolizarlo todo en su beneficio.


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