Últimamente
se habla mucho sobre la inteligencia artificial, sobre su poder y cómo ha
influido en la conducta de cada uno de nosotros. Las conjeturas son varias;
muchas de ellas apuntan a que la IA modificará definitivamente nuestro modo de
vida. Esto instala en la gente la creencia de que es un poder autónomo que
supera al humano. Así llegamos hoy a la magnificación de la IA, diciendo que ha
capturado al hombre y que estamos a merced de ella. Con esto se oculta que es
un instrumento al servicio del poder económico.
Intentaremos
desglosar esta idea. Desde el surgimiento de la modernidad y luego el
capitalismo, la comunicación ha sido un instrumento clave para poder
implementar dicho sistema. Ya desde la colonización de América, los
“escribientes” (así se llamaba a los reporteros de la época) describían lo que
sucedía en América para informar a los reyes de España. Esta información ya era
distorsionada para que las autoridades españolas aprobaran las medidas que se
realizaban en América con fines económicos.
Desde
aquella época, la información fue y es de vital importancia para la vida de las
personas. En nuestros días, los medios de comunicación no solo informan sobre
la realidad, sino que participan activamente en su construcción, creando un
marco o "ecosistema simbólico" en el que las personas navegan,
interpretan el mundo y toman decisiones.
Los medios
no le dicen a la gente “qué pensar”, sino “sobre qué pensar”. Al seleccionar y
destacar ciertos temas (inseguridad, crisis económica, escándalos), dan forma a
la percepción de lo que es importante. Los medios no solo presentan hechos; los
*enmarcan*. El mismo evento —una protesta, por ejemplo— puede ser presentado
como "un ejercicio legítimo de derechos" o como "un disturbio
violento". Este marco condiciona la interpretación.
Los medios
también generan un “clima de opinión”. Si una postura parece mayoritaria en los
medios, las personas con opiniones contrarias tienden a autocensurarse por
miedo al aislamiento, reforzando así la visión dominante.
La exposición
prolongada y repetitiva a la televisión y a los medios “cultiva” una visión del
mundo que se alinea con la realidad representada; quienes ven muchas noticias
violentas sobreestiman la inseguridad real.
Cómo los
medios "crean" la realidad:
- Selección
y omisión: Los medios eligen un ínfimo porcentaje de eventos para convertirlos
en "noticia". Lo que no se muestra queda fuera de la realidad.
-
Jerarquización: El orden y el espacio dedicado crean una jerarquía de
importancia en la mente del público.
- Lenguaje
e imágenes: El uso de ciertas palabras (ej.: "terrorista" vs.
"luchador por la libertad") o imágenes específicas (un plano amplio
de multitudes vs. un primer plano de un enfrentamiento) carga emocional y
políticamente la información.
- Normalización
y naturalización: Al presentar constantemente ciertos estilos de vida, valores
o estructuras sociales (como el consumismo o ciertos modelos familiares), los
medios los hacen parecer "normales" y "deseables",
marginando alternativas.
- Creación
de identidades colectivas: Definen "nosotros" y "ellos",
reforzando identidades nacionales, de clase o grupo.
Todo lo
anterior genera una desconexión con la realidad. La influencia mediática
distorsiona, crea polarización y fragmentación por la multiplicación de canales
y burbujas informativas; ya no hay una, sino “múltiples realidades mediáticas”
en competencia, lo que fractura el consenso social.
Los medios
de comunicación son los arquitectos fundamentales de la realidad social en la
que vivimos. No crean la realidad material (una piedra es una piedra), pero sí
crean el “significado”: la importancia y el contexto emocional que le asignamos
a los eventos y fenómenos. Es una realidad “parasitaria”, pero con autonomía y
poder causal propio.
En última
instancia, somos consumidores y también coproductores de esa realidad. Nuestra
atención y nuestra participación son el combustible que la mantiene viva.
El elemento
que está íntimamente relacionado con todo esto es el suprapoder del dinero, que
funciona como un fetiche: posee a las personas y las arrastra tras un objetivo
insaciable. Al ser insaciable, la insatisfacción es el motor que lo alimenta.
Es una carrera sin fin, que se nutre del deseo de algo externo que nunca
satisface. Esto se llama un fetiche, que solo tiene la función de atraer como
un fin en sí mismo, aislando al hombre de todo lo demás. Lo único que importa
es el objetivo; esta es la trampa. El fetiche aísla a las personas de su
entorno; cada uno persigue sus objetivos y solo hay alianzas por la
conveniencia de conseguir lo deseado. Así llegamos a una sociedad
individualista en la que el prójimo no importa.
El dinero
es el símbolo del fetiche. Esto hace que la mayoría de las acciones tengan como
fin conseguirlo. Está representado por parámetros deseados: poder, estatus,
influencia, etc.
Observando
hacia atrás, vemos cómo la llamada “civilización” se propagó con base en el
sometimiento de unos sobre otros. Así llegamos al día de hoy, en el que se
señala a la IA como el nuevo poder que gravita sobre los hombres. Esta es la
nueva artimaña para esconder al mismo poder que rige Occidente desde el siglo
XVII. La IA actúa seleccionando los contenidos acordes a los propósitos
incorporados en sus algoritmos. Estos se basan en un sistema básico, llamado
sistema binario, que se limita a la combinación de ceros y unos. Así vemos que
la inteligencia artificial no es un suprapoder autónomo al cual el hombre esté
sujeto. La IA obedece a la voluntad del individuo y sus intereses particulares
o sectoriales, compartidos con quienes son necesarios para lograr los objetivos
particulares propuestos. Así queda de lado el bien común; lo particular prima
sobre lo colectivo, potenciando la concentración de la riqueza con la
consecuencia del empobrecimiento de la población.
Este poder
siempre permanece oculto. En los últimos decenios, el avance de la ciencia ha
estado al servicio del poder económico, perfeccionando su batalla a través del
avance tecnológico. La inteligencia artificial está a su servicio.
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