El
impacto tecnológico y el aislamiento voluntario
Al desarrollo industrial se le adjudicó la desadaptación del ser humano. Este tema quedó plasmado en varios pensadores de la época; la mayoría de ellos lo atribuyeron al desacomodo de las personas frente al cambio social originado por el desarrollo y la urbanización. Mucho se ha escrito sobre ello desde principios del siglo pasado.
Hoy vemos
cómo se intenta identificar el momento histórico a través de distintos
calificativos como transmodernidad, posmodernidad, etc. Detrás de estos nombres
se desarrollan diversas teorías sobre lo que está sucediendo. La mayoría de
ellas describen la realidad como una consecuencia del impacto tecnológico en la
humanidad. Es innegable que la tecnología ha modificado los hábitos de las
personas. Si miramos hacia atrás en el último siglo, vemos que el mayor impacto
recién comenzó a fines del siglo XX, es decir, solo hace veinte o treinta años,
principalmente a consecuencia de los móviles y la instantaneidad informativa.
Si bien esto brindó una mayor comunicación interpersonal (celulares) e
información, también promovió el aislamiento de las personas entre sí.
Esta
cuestión ha sido debatida constantemente en los últimos años. Quienes no la
perciben de manera crítica están a merced de la manipulación mediática. Esto
los lleva a implementar lo que se llamó el "aislamiento voluntario",
uno de los métodos que el individuo emplea para protegerse del sufrimiento que
proviene de las relaciones humanas. Esto se manifiesta en la retirada del lazo
social, generando aislamiento, con la consecuencia de uno de los mayores
síntomas de nuestro tiempo: la depresión.
La
perspectiva freudiana: malestar y civilización
De hecho,
el capítulo 3 de *El malestar en la cultura* identifica tres fuentes del
sufrimiento humano: la superioridad de la naturaleza, la fragilidad de nuestro
cuerpo y, crucialmente, nuestra relación con los otros. Esta última es la más
dolorosa porque es la que creemos poder controlar y, sin embargo, nos causa la
mayor decepción. Sucede que las instituciones que creamos para regularla acaban
siendo fuente de sufrimiento. Pensado de esta manera, se forjó la creencia de
que el desacomodo sucede por la sustitución del poder del individuo por el de
la comunidad. Visto así, la fuente del malestar sería la pérdida de autonomía.
Esto se utiliza hoy para sustentar políticamente lo individual por encima de lo
colectivo, planteando así la antinomia errada entre "colectivismo
socialista" y "sociedad liberal".
S. Freud
señala que el problema es tan antiguo como la ética misma: el ser humano se
enfrenta a la paradoja de que el mismo artificio que creó para alcanzar el
bienestar —la civilización— es la mayor causa de su infelicidad. Nunca llega a
sentirse totalmente integrado a la cultura. Esto exige a los seres humanos la
renuncia a la satisfacción inmediata de sus pulsiones más primarias,
especialmente las sexuales y las agresivas. Esta represión no es superficial;
se interioriza y da origen a un sentimiento de culpa por no cumplir con las
exigencias. Esto se convierte en la fuente principal del malestar psicológico
que caracteriza al hombre civilizado.
Planteado
así, para Freud el malestar no es un hecho individual aislado, sino que nace en
y por la relación con los otros. Las alternativas que se plantean no son
consideradas como una solución definitiva. En *El malestar en la cultura*, el
autor aborda medidas paliativas que los seres humanos utilizan para soportar el
sufrimiento. Sin embargo, el texto también sugiere —en referencia a una de esas
medidas— que el intento de escapar por completo de la cultura no es una opción
viable. No se puede volver a un estado primitivo. Al respecto, señala que la
vida en comunidad, incluso en sus formas más simples, ya impone restricciones a
los instintos, como lo demuestran las prohibiciones (tabúes) existentes en las
sociedades primitivas. En síntesis, S. Freud no ofrece una solución definitiva
para eliminar el malestar, sino que presenta un conjunto de estrategias que las
personas utilizan para hacerlo más soportable.
"El
Estado de naturaleza": un mundo sin límites ni propiedad
Este sistema social viene de lejos, como ya lo hemos señalado. Luego de la Edad Media, Inglaterra se constituyó como referente de la industrialización, que fue tomada como ejemplo en la mayoría de los países latinoamericanos. En los centros culturales se citaba al creador del *Leviatán* por ser la obra que estableció normas para controlar los apetitos sin límites de las personas sobre los bienes. Así nace el pacto social, que desde entonces realizan los dueños de los bienes en beneficio propio y el de sus asociados.
Los cánones
académicos no se forman en un vacío neutral. Reflejaron y reflejan los valores
que constituyeron el poder de una época. Las universidades, los sistemas
editoriales, las revistas académicas y las cátedras han estado históricamente
dominadas por las élites culturales y económicas. Privilegian a los autores que
legitiman el orden establecido por sobre aquellos que lo desafían radicalmente.
Hace muchos
años, un pensador inglés, Hobbes —que aún se enseña en nuestras universidades
sin explicar las consecuencias de ese pensamiento— dijo que el hombre es malo
por naturaleza y que había que ponerle un límite. Ese límite se llamó
"Leviatán": un pacto social para ponerlo al servicio no de un
desarrollo social determinado, sino de un sistema que dio lugar a su expansión
por toda Europa y, consecuentemente, a la explotación de las regiones
colonizadas.
Para
Hobbes, la esencia del ser humano está gobernada por sus pasiones y apetitos,
siendo el más poderoso de todos un "apetito incontrolable por poseer los
bienes". En un mundo sin un poder común que lo limite, viviríamos en el
llamado "estado de naturaleza", que Hobbes describe como una
"guerra de todos contra todos", en donde el estado es de todos. Como
no existen leyes ni un gobierno que las imponga, cada persona tiene un
"derecho a todo" para asegurar su supervivencia. Esto significa que
no hay una idea de "lo mío" y "lo tuyo". No existe la
propiedad privada. Debe haber un poder que garantice los acuerdos; la propiedad
privada no puede existir sin ese poder. Cualquier bien que alguien posea puede
ser tomado por otro más fuerte en cualquier momento. Todo esto fue la
justificación de la creación de un orden establecido que sobrevive hasta el
presente.
La falsa
antinomia entre liberales y estatistas
En la actualidad, lo que hay por detrás es la lucha por el control del Estado. Esto ha llevado a una pelea entre estatistas y no estatistas. Se ha sembrado la idea de que la construcción del Estado limita las libertades de las personas, planteando así la falsa antinomia en la que a los estatistas se los identifica con denominaciones como marxistas, colectivistas, comunistas, izquierdistas, etc.
Si nos
fijamos en las personas que nos rodean, muchas de ellas se declaran liberales
porque interpretan que las normas que impone un Estado son límites que impiden
el desenvolvimiento personal y comercial de las personas. Pero más allá de su
identificación política infundada, lo importante a señalar es que estas
personas generalmente comprenden muy bien las normas que rigen a un grupo
social, las respetan y adhieren a ellas. Se desenvuelven en las normas sociales
teniendo un reconocimiento de sus pares que les permite un buen desempeño en
las tareas que comparten con el medio. Esto apunta a que el enfrentamiento
entre liberales y "estatistas" es ficticio. Lo que hay por detrás es
una lucha por quién controla el Estado en favor de quién. La verdadera antinomia
es entre la comunidad y los grandes grupos de poder económico que pretenden
monopolizarlo todo en su beneficio.






